Cuento popular: “Las tres naranjitas de oro”

   Cuento popular: “Las tres naranjitas de oro ”

Esta entrada esta dedicada a un cuento que             me contaba de pequeña mi abuela. Espero de todo corazón que, no caiga jamás en el olvido.

 

 

 

            Erase una vez, una familia muy humilde que tenía tres hijos: El mayor, el mediano y el pequeño. Un buen día su padre, muy entristecido, les dijo que debían irse de casa a buscar fortuna, que los quería a los tres mucho, pero que no tenían a penas dinero para comer y mantenerlos. Ya eran lo suficientemente mayores para conocer el mundo y aprender un oficio y, podían volver a casa cuando quisieran después de ahorrar dinero en los trabajos que encontraran.

La madre, una muy buena mujer, lloró sin consuelo mientras los veía partir por el camino, dejaban atrás su pequeña casa, en la colina más pequeña de la comarca.

Los tres hermanos anduvieron juntos por el camino hasta que llegaron a una encrucijada donde el camino se dividía en otros 3 más pequeños; cada uno debía ir por uno diferente. Antes, acordaron encontrarse en ese mismo lugar, al cabo de un año y ver quién de los tres traía más dinero a casa.

El mayor, cogió el camino central, que parecía más transitado. El mediano, eligió el segundo más grande, dejando lo que parecía más una senda que un camino, al hermano pequeño.

Al mayor, cuando ya podía ver a lo lejos lo que parecía una ciudad, se le apareció una anciana polvorienta, vieja y fea, que andaba encorvada cargando en su espalda un montón de leña.

–          ¡Joven! – le llamó, para su disgusto- ¿Te importaría ayudarme? Estoy ya muy mayor y mis pobres huesos no pueden soportar…

–          Apártate de en medio, vieja, no tengo tiempo para esas cosas –le respondió de mala gana el mayor.

Al hermano mediano, cuando pasaba a través de un bosque, se le apareció también la anciana:

–          Joven, ¿Podrías hacer el favor de ayudarme? La leña pesa mucho y estoy muy cansada.

–          No. Tengo prisa – El mediano apenas miro a la anciana.

 

El hermano pequeño, caminaba muy triste por la ausencia de sus hermanos mayores, se sentía solo y desorientado, no sabía como iba a poder alguien tan pequeño encontrar un trabajo. Seguro que se perdería.

–          Joven, pesa mucho la leña que llevo y estoy muy mayor, ¿Podrías ayudarme?

–          Por supuesto, buena mujer – le respondió el pequeño mientras le cogía el saco de leña- ¿Dónde tengo que llevarla?

–          Sígueme, vamos a mi pequeña casa, que esta muy cerca de aquí. ¿Adonde te dirigías solo? Eres muy pequeño.

El pequeño le contó todo lo que había pasado, entre sollozos, y le dijo que le hubiera gustado irse con alguno de sus hermanos, para que le ayudaran; pero estos se habían ido cada uno por su cuenta, dejándole el que parecía el peor camino. Le confesó que creía que no iba a ser capaz de encontrar un trabajo.

–          Mira, yo no tengo mucho dinero, pero si quieres puedes quedarte aquí, para ayudarme, yo estoy mayor y no puedo hacer las cosas…Si aceptas, tendrás siempre un buen plato de comida caliente y al final del año, seguro que encontraba algo con que pagarle, aunque sea poco.

El pequeño, al ver la situación de la anciana y las condiciones en las que vivía, la casa se caía a pedazos y los animales campaban a sus anchas, decidió aceptar  y quedarse a ayudarle.

 

Mientras tanto, el mayor llegó a la ciudad y se paró en cuanto vio en una puerta el anunció de un zapatero que buscaba aprendiz:

–          Te pagaré diez monedas al final del año – le propuso el zapatero.

El joven acepto de buena gana.

El mediano también tuvo suerte en su camino, entró a preguntar en una herrería si necesitaban un ayudante:

–          Te pagaré siete monedas al final del año – le dijo el herrero.

 

El año paso rápidamente, tras recibir el hermano mayor y mediano sus respectivas  pagas, se pusieron cada uno en camino hacía el punto donde habían acordado encontrarse.

El pequeño se despidió con lágrimas en los ojos de la anciana, le había cogido mucho cariño y ella le había tratado siempre como a un hijo. La anciana le abrazó y le dijo:

–          Pequeño, no puedo darte por tu trabajo dinero, sólo puedo darte estas tres naranjitas. Que tu ojo no te engañe, no son tres naranjitas cualquiera, son de oro y son mágicas. Podrás pedir el deseo que quieras a cada una de ellas, así que tienes tres deseos, uno por naranjita ¿Lo has comprendido bien?

–          Muchas gracias – le contestó el niño, con lágrimas en los ojos, pues no se esperaba tanto de la anciana, que apenas tenía nada.

El pequeño corrió feliz con sus tres naranjitas a encontrarse con sus tres hermanos de camino a casa.

Cuando por fin se encontraron los tres, el mayor se dirigió a sus dos hermanos:

–          Mirad, todo lo que he ganado, ¡he ganado diez monedas! Padre se sentirá orgulloso de mí.

–          ¡Y yo he ganado siete! ¡Mirad! – enseñó el mediano.

–          No esta nada mal – le contestó el hermano mayor.

Luego el hermano mayor se dirigió al pequeño:

–          ¿Y tú?

–          ¿Yo? Pues estas tres naranjitas. –y las levantó bien para que pudieran verlas sus hermanos.

–          ¡Uff! Serás inútil – se enfadó el mayor – ¿Un año trabajando y sólo has ganado eso?

–          Que vergüenza – siguió el mediano – Dame, al menos una, que tengo hambre.

–          ¡Ni hablar!- contestó el pequeño- No son simples naranjas, son de oro y además son mágicas.

Los dos hermanos se rieron del pequeño.

–          ¿No os lo creéis? Pues os lo demostraré.

Separó una de las naranjitas y levantándola al cielo, tal y como le había indicado la anciana, chilló:

–          ¡Naranjita, naranjita mágica! Mis hermanos tienen hambre así que deseo un gran banquete.

Y antes de que pudiera cerrar siquiera la boca; PORON PON PON PON, cayó del cielo una gran mesa con jamones, carne, pan, frutas y todos los dulces que se pudieran imaginar.

Los otros dos hermanos se quedaron completamente atónitos:

–          Tenías tres naranjitas, hermano – le sugirió el mayor – lo mejor será que las repartas y nos des una a cada uno de nosotros.

–          No, ni hablar. Son mías y las he ganado para padre – se negó el pequeño.

Los hermanos, completamente desencajados por la envidia, se lanzaron encima suyo para arrebatarle las dos preciadas naranjitas de oro que le quedaban a su hermano pequeño. El pequeño, se defendió con todas sus fuerzas, pero sus hermanos eran mucho más mayores y más fuertes, no pararon de forcejear hasta que su hermano ya no emitió sonido ninguno. Lo habían acabado matando. El mediano se arrepintió:

–          ¿Qué hemos hecho?

–          No te preocupes, le enterraremos más adelante, cerca del río. Le diremos a padre y a madre que no vino al punto de encuentro y que no sabemos donde esta. Nosotros nos quedaremos con una naranjita y la otra se la daremos a padre.

Y así fue.

Pasaron dos años y varios meses, cuando una lavandera, partió una caña del estanque, para poder trabajar mejor donde fregaba la ropa.

Un cántico, muy dulce, salio entonces de las entrañas de la tierra, justo debajo de donde estaban las cañas. Era una voz de niño que decía cantando:

–          Lavandera no cortes la caña, que mi hermano mayor me mató, por las tres naranjitas de oro, que la virgen María me dio, que la virgen María me dio.

Era una canción triste, pero muy melodiosa. La lavandera, muy asustada, se fue a buscar a su marido, el arriero, que fue al rió y cortó otra caña para ver si era cierto. La misma voz sonó:

–           Arriero no cortes la caña, que mi hermano mayor me mató, por las tres naranjitas de oro, que la virgen María me dio, que la virgen María me dio.

Y así sucedió sucesivamente cada vez que alguien cortaba una de las cañas del río. El misterio pasó de boca a boca hasta que un día le llegó a la madre de los tres jóvenes.

Cuando oyó lo de “las tres naranjitas” supo que el misterio tenía algo que ver con sus hijos. No podían haber muchas más naranjitas de oro y a ellos sus hijos, les habían traído una. Sin pasar por su casa, la mujer se dirigió con los ojos llenos de lágrimas al lugar del que le habían hablado. La buena mujer, temblorosa, intentó cortar una caña cuando se escuchó la canción:

–          Madre mía, no cortes la caña, que tu hijo mayor me mató, por las tres naranjitas de oro, que la virgen María me dio, que la virgen María me dio.

La mujer se puso a chillar:

–          Es mi hijo, es su voz.

La lavandera y su marido, el arriero, que pasaban como cada día por ahí, se afanaron por ayudar a la mujer, que escarbaba debajo de las cañas para encontrar la voz que cantaba.

La sorpresa fue para todos, el agujero se iluminó y se hizo cada vez más grande, en el medio, estaba sentado el niño pequeño, vivo, encima de una mujer bellísima, vestida toda de blanco. La mujer le protegía entre sus brazos, un manto de flores cubría el suelo.

Y así termina esta historia, la madre recuperó a su hijo de los brazos de la Virgen. El niño pequeño y sus padres, vivieron felices y comieron perdices, pero por supuesto, no los dos hermanos mayores, a los que los padres echaron para siempre de casa. ¡Y colorín, colorado, este cuento, se ha acabado!

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